
Siempre he tenido la sensación de no querer crecer, cuando era pequeña y me acostaba por la noches lloraba pensado que me hacía mayor y que mi madre ya no me podía coger en brazos. Todavía tengo esa sensación o pena, evidentemente, ya no lloro por las noches cuando lo pienso, pero si que, si miro hacía atrás y recuerdo mi niñez se me hace un nudito en el estómago. Todo fue muy especial, siempre me he sentido muy querida, siempre han confiado en mi y siempre he intentado que les fuera devuelto. Lo he hecho con todo el mundo, no solo con mi familia, aunque con ellos en especial y de distinta forma. Hace una semana hablé con un amigo que formaba parte de esa fase de mi vida, y él, después de muchos años pasó por delante de esos recuerdos, y me ha hecho pensar todavía más en ellos.
He tenido la suerte de criarme en un pueblecito y dentro de ese pueblecito estaba nuestro patio, un patio comunitario que generación tras generación se oye a las madres gritar desde las galerías para que los crios suban a cenar, donde se sigue jugando al futbol y al escondite y donde, las noches de verano se vuelve a oir a grupitos de niños sentados en las escaleras de los portales hablando y jugando. Gracias a Dios, todo se reducía a ese patio, no nos hacía falta salir para nada, solamente para comprar chuches que estaban en la siguiente manzana. Gritabamos los nombres de los amigos desde abajo para que bajaran a jugar, no hacía falta ni teléfono, ni interfono, solamente nosotros y nuestras voces. A medida que fuimos creciendo, pasamos de juntarnos en las escaleras de los portales que daban al patio, a las que daban a la calle, ya no se reducía todo a ese pequeño-gran espacio, ya no hacía falta avisar si marchabas a comprar pipas o a dar una vuelta por el pueblo, ya cada uno empezó a coger su camino. Hoy puedo mirar para atrás y todavía siento todo eso muy cerca, siento a esos amigos que a penas veo, siento que cada vez que nos vemos después de muchos años y desde distintas aceras, hay un hilito que nos une, algo que hace que en aquel momento somos esos niños que se juntaban en aquella escalera.
Solo espero que si algún día tengo un hijo tenga un patio como el mio.
He tenido la suerte de criarme en un pueblecito y dentro de ese pueblecito estaba nuestro patio, un patio comunitario que generación tras generación se oye a las madres gritar desde las galerías para que los crios suban a cenar, donde se sigue jugando al futbol y al escondite y donde, las noches de verano se vuelve a oir a grupitos de niños sentados en las escaleras de los portales hablando y jugando. Gracias a Dios, todo se reducía a ese patio, no nos hacía falta salir para nada, solamente para comprar chuches que estaban en la siguiente manzana. Gritabamos los nombres de los amigos desde abajo para que bajaran a jugar, no hacía falta ni teléfono, ni interfono, solamente nosotros y nuestras voces. A medida que fuimos creciendo, pasamos de juntarnos en las escaleras de los portales que daban al patio, a las que daban a la calle, ya no se reducía todo a ese pequeño-gran espacio, ya no hacía falta avisar si marchabas a comprar pipas o a dar una vuelta por el pueblo, ya cada uno empezó a coger su camino. Hoy puedo mirar para atrás y todavía siento todo eso muy cerca, siento a esos amigos que a penas veo, siento que cada vez que nos vemos después de muchos años y desde distintas aceras, hay un hilito que nos une, algo que hace que en aquel momento somos esos niños que se juntaban en aquella escalera.
Solo espero que si algún día tengo un hijo tenga un patio como el mio.

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